Cuadernos de Mr. Crusoe: Viernes tenía razón…

A fines de la década de 1960, se publicaba en Buenos Aires una revista/libro que, aún hoy, impacta por su contenido y propuesta editorial. Los “Cuadernos de Mr. Crusoe” fueron mucho más que el diario de un naúfrago. Tal vez, uno de los últimos mensajes en una botella manteniéndose a flote en el mar de la cultura.

Una ayudita de mis amigos.

Londres, febrero de 1967. Los “fabulosos cuatro” entran en Abbey Road para grabar la obra que inauguraría definitivamente la psicodelia en el mundo. Si bien en los meses anteriores “When I’m sixty-four” y “A day in a life” habían comenzado a dar forma al album, “Sgt. Pepper lonely hearts club band” fue el detonante para una explosión cultural que aún hoy mantiene su vigencia.
En Buenos Aires el clima no era muy distinto. Salvo el pequeño detalle de encontrarse sumergida en un constante movimiento pendular que llevaba de un gobierno civil a uno militar (sin paradas intermedias); o el estar ubicada al fondo del mapa, a escasos metros de las tortugas y elefantes que sostienen el globo. De todas formas, el ritmo de los tiempos se hacía presente con un mínimo delay, que no empañaba el disfrute.
Hacía tiempo ya que la calle Florida y la avenida Corrientes se habían convertido en verdaderos focos culturales, albergando en sus bares a toda la fauna porteña: poetas, pintores, músicos y filósofos producían un fluído intercambio sensible.
Fruto de este clima nace el primer (y a la postre último) número de “Los cuadernos de Mr. Crusoe”, un libro/revista que incluía los aspectos más salientes de la vanguardia cultural de Buenos Aires. Con una tirada de 15.000 ejemplares y la utilización de toda clase de materiales como soporte editorial (arpillera, aluminio, cartón, papel), apuntaba a convertirse en una publicación absolutamente revolucionaria. Sin embargo, cuestiones tan ¿secundarias? como costo, distribución y publicidad, transformaron esta realidad en temprana utopía.

Bienvenidos al tunel del tiempo.

Hace tres años cayó a mis manos (mediante un ardid que me niego a revelar), un sobreviviente de esta primera edición, cuya fecha de producción data de noviembre de 1967. Este ¿libro/revista/objeto? se presenta ya desde la portada con una llamativa particularidad: una lámina de madera plástica impresa con letras doradas se convierte en una irresistible tentación para todo diseñador.
Una vez traspasado el umbral del staff, en donde aparecen algunos nombres notables, las puertas del tunel del tiempo se abren de par en par. Por un sendero visual que haría las delicias de cualquier babasónico o kuriaky, nos enfrentamos a cosas tan increíbles y dispares como: Le Parc hablando de su obra; un ensayo de Rogelio Polesello fotografiado por Lucrecia Plat; “Música para leer”, una partitura completa de Juan Carlos Paz; un guión de Ingmar Bergman; una par de historietas pop; y como cierre la presentación de “Staff Meeting” un juego de guerra antecesor del T.E.G. Plástica, literatura, cine, música, comics y juegos de mesa dentro de una misma publicación, teñidos de una fuerte influencia pop.
Los “Cuadernos…” cruzaron la barrera del tiempo para convertirse (incluso hoy) en paradigma del “ser moderno”.

Tras la esmeralda perdida.

El paso próximo y necesario para cerrar la historia, era encontrar a alguno de los responsables de dar vida a semejante proyecto. Tras una búsqueda casi detectivesca, dimos con Juan Carlos Martelli quien, junto a Horacio Verbitsky, era uno de los Directores Asociados de “Cuadernos de Mr. Crusoe”. Psicólogo y escritor, autor (entre otras) de la novela “Los tigres de la memoria” (premio Sudamericana/La Opinión 1974, otorgado por un jurado compuesto por Cortázar, Onetti, Roa Bastos y Walsh), transitó por la publicidad como Director Creativo y Redactor.
Menos formal que su currículum y dueño de un excelente sentido del humor, Martelli acepta el papel de guía en la aventura de revivir el Buenos Aires de los ’60s.

Marcelo Ghio – ¿Cuántos números se publicaron de “Los Cuadernos…”?

Juan Carlos Martelli – Este y uno más que quedó en talleres. Ya se habían impreso algunos pliegos pero quedaron allí.

MG – Cuando comenzamos a buscar información acerca de los “Cuadernos de Mister Crusoe” nos informaron que podían haberse editado uno o dos números más; evidentemente el mito superó la realidad…

JCM – Mucho más grande… medio número más con algunas páginas en color. ¡Es que se fundió con una rapidez inaudita!.
Pero se fundió por delirio de Luis González O’Donnell, que era loco. (risas) Su socio era abogado de un oficial del ejército (la historia es surrealista) que había comprado unas escrituras en la provincia de Tucumán. Resulta que estos documentos eran válidos, y que dentro de estos títulos había muchísimas hectáreas en la provincia de Buenos Aires y La Pampa. Era un sargento (creo) que se había hecho tremendamente rico de golpe: tenía flota de camiones, estaciones de servicio, etc. Yankelevich, que era el abogado, le propuso el proyecto de González O’Donnell y este dijo ¡bueno, yo pongo la plata!. Lo que no pensó es que tenía que poner tanta… ¡y perderla!.

MG – Este ejemplar es de noviembre del ’67. Si mal no recuerdo, durante el gobierno de Onganía…

JCM – Es así. Nos habíamos tenido que ir de revista “Adán”, donde estábamos González O’Donnell y yo, y me fuí en viaje a Colombia por un intercambio que tenía con Avianca. Cuando volví, me llamó O’Donnell para ver si me quería hacer cargo junto con Horacio Verbitsky, a quien conocía, de este proyecto. El tema es que la plata volaba y había cualquier cantidad para hacer lo que quisiéramos. Los delirios de Luis eran maravillosos, decía por ejemplo “hay que escribir una nota sobre armas nuevas en el mundo” y mandaba llamar a Canadá para conseguir la información. La otra idea que tenía era traer a Ingmar Bergman y a Jean-Paul Sartre y reunirlos en Villa Gesell, ¡esas eran las ideas que se manejaban!…

MG – ¡Y eran increíblemente factibles!

JCM – ¡Si!. Al mismo tiempo Luis alquiló un palacio en Belgrano “R” y puso la redacción, ¡pero no había nadie más que Horacio y yo!. Y es que no hacía falta nadie más, ya que llamábamos a amigos pidiéndoles lo que necesitábamos y era suficiente. La idea era que fuera bimensual, entonces no había grandes apuros.

MG – El producto me llamó la atención, no desde un punto de vista estético (ya que es un claro reflejo de los ’60), sino por el momento histórico en que se llevó adelante. En muchos aspectos era una propuesta muy liberadora, hasta revolucionaria.

JCM – Es cierto. En algún sentido era así. La época de Onganía no era nada fácil.
Yo recuerdo que estaba todavía en Adán cuando asume Onganía, y el editor nos decía “me corta esta señorita por acá”, había que cortar las fotos de modo que no se viera nada… Hacer esto era bastante osado.

MG – ¿Había algunas personas en este proyecto que en algún momento estuvieron ligadas al Di Tella?

JCM – Cuando a mi me hablan del Di Tella siempre me produce una especie de duda. El Di Tella fue la culminación, con gente que estaba ligada desde antes. Yo estudiaba psicología en el ’57 cuando se inauguró la carrera, y en los alrededores de la calle Florida se reunían en los bares distintos grupos, como por ejemplo en Córdoba y San Martín donde se reunían los poetas: por un lado el grupo “poesía de Buenos Aires” y por el otro, los surrealistas, en mesas diferentes. Entonces en todos esos barcitos, inclusive en “la Jockey” de Florida, donde nos reuníamos a tomar claritos, se hacía toda esa vida cultural muy fuerte, muy rica. Que después culminó en el Di Tella, que es como la agonía de todo esto…

MG – Y que actuaba como un catalizador, a partir de ofrecer una estructura…

JCM – Claro, se convirtió en una estructura. Los happenings se hacían antes del Di Tella; Charlie Squirru, Edgardo Giménez con ese cartel tan grande que decía “¿por qué somos tan geniales?”. Todo esto se hacía. Cada uno lo hacía por su cuenta, había todo un movimiento a su manera anárquicamente contestatario. Se trataba de la primera marginalidad que estaba funcionando.

MG – Marginalidad cultural, sobre todo en ese período…

JCM – Por supuesto. Yo te diría que en el ’56 más o menos, aparecimos todos, de izquierda y liberales, etc, atacándolo, por ejemplo a Borges. Un modelo de identidad era el “Juicio a los parricidas” como llamó Rodriguez Manegal al libro que sacó con todas las críticas a Borges de toda mi generación. Primero estábamos en contra de Borges -que, pobre, todavía no estaba establecido- quien la ligó de todos lados; después estábamos buscando hacer cosas nuevas, probar de salir de un cierto adormecimiento.

MG – Cuando deciden llevar adelante la publicación, ¿la idea surge de una sola persona?.

JCM – La idea es de Luis González O’Donnell, y llevada a la práctica por Horacio Verbitsky y yo.

MG – ¿Y qué fué de Luis?

JCM – Luis… fué muy gracioso lo de Luis. Yo me acuerdo cuando la persona que ponía la plata nos manda un contador, y nos dice “acá no cierra ninguna cuenta, ustedes tienen grandes pérdidas” y Luis dice “no importa, yo tengo la solución: hay que comprar una imprenta”. Lo único que faltaba es que después compráramos un circuito de distribución…

MG – Y después regalarla…

JCM – Claro, ahí terminó la cosa. Y Luis, que era un tipo de una notable fantasía, (incluso estaba escribiendo el guión para una película), como no había más plata, nos invitó a ir a vivir al palacio de Belgrano “R”. Y yo fuí. Comíamos tallarines a la noche y tomábamos damajuanas de vino común. Entonces Luis fué a hablar con la Citroën e hizo un acuerdo, junto a Radio Rivadavia, y dijo que iba a dar la vuelta al mundo en un Citroën. Esto, claro, con una chica de 16 años que era su novia de entonces; el se separó de su mujer porque esa casa de Belgrano era un despelote: la mujer lo corría por la escaleras, porque él, con el pretexto de que fotografiaba, llevaba chicas…
Partió entonces con la chica de 16 años y llegaron hasta Los Angeles, y de Los Angeles volvió a México, donde vive ahora. Lo último que supe de él era que dirigía “Selecciones del Reard’s Digest”.

MG – Bastante bien, al final supo controlar la locura…
Y en cuanto al resto del staff, ¿cómo se fué incorporando?.

JCM – Siguiendo con el staff, Carlos Alberto Mezza, que aparece como vice-presidente de la editora, era el suboficial del ejército.

MG – Increíble ver a un suboficial del ejército invirtiendo en esto…

JCM – Bueno, pero como Yankelevich era su abogado, ¡estaba clarísimo que podía llegar a suceder! (risas).
El staff fijo incluía a Leonardo Werenkraut como Director de Arte. Pero digamos que el diseño gráfico lo decidíamos entre todos. Estaba Werenkraut, que no era un tipo específicamente orientado al campo creativo; pero Luis, Horacio y yo tirábamos las líneas, y los asesores, como Rogelio Polesello eran nombres.
El resto, como Luis Havas y Raúl Molina, eran publishers, los que vendían los avisos, y los poníamos como asesores. La idea era que los avisos debían ser hechos especialmente para esta revista.

MG – Este detalle es importante. Yo percibía cierta coherencia y me preguntaba si eran diseñados en la revista…

JCM – No, muy pocos. Se los pedíamos a las agencias especialmente. Ese era el acuerdo: incluso la revista podía darse el lujo de decir que no a un aviso.

MG – Sin embargo la escala de los anunciantes era interesante, grandes empresas publicaban en este primer número…

JCM – Eran realmente firmas importantes. Havas/Molina eran una agencia bastante creativa. Yo, cuando terminó esta revista me fui a trabajar con ellos como director creativo. Havas/Molina se encargó del lanzamiento de Freskita (que era la bebida de bajas calorías de Coca Cola), que después fué prohibida en Estados Unidos y acá porque se suponía que la sacarina era cancerígena. También hicimos nevar en Buenos Aires: cerramos el Ital-Park (que fué lo que más costó junto con la nevada, que por supuesto era de telgopor) e hicimos la “Caza del Ciervo”. Se iba compitiendo juego por juego hasta que la final se corría en el circuito de autitos; ahí hubo un acuerdo ya que Atlántida, que apoyó mucho este emprendimiento, sugirió que tenía que ganar Andrea Vianini. Y ganó. El premio eran dos cachorros de dálmata, que aquí nadie sabía que eran; y se remataba con una comida de ciervo, jabalíes, etc, muy divertido.

MG – Entonces la revista era un producto que estaba ligado a un movimiento cultural muy fuerte en Buenos Aires…

JCM – Podías hacer esto. María Julia Bertotto hizo los trajes que eran de terciopelo. Yo estaba disfrazado de montero mayor, con un traje de terciopelo rojo y montado en un trineo.

MG – Cosas imposibles de realizar hoy, no sólo por cuestión de costos, sino ya por la ausencia de una actitud lúdica…

JCM – Nosotros nos reíamos mucho. La agencia de Havas/Molina tenía tres suites en el Alvear, donde a las 8 de la noche subían el whisky escocés, los huevitos de codorniz… cuando teníamos que trabajar nos subían la comida. Digamos entonces que estas aventuras eran posibles. De todas maneras los “Cuadernos…” eran una aventura muy loca, y muy antieconómica. Se podría haber hecho algo más sensato que podría haber andado.

MG – Al ver filmaciones del Di Tella, más allá de una propuesta estética o artística, se percibe que la gente se divertía…, separando desde ya el mito y la realidad de este lugar.

JCM – Separándalos, había un cierto deseo de hacer “pavadas”. El teatro al instante, los happenings, ¡lo que todavía sostiene Marta Minujín, que quedó sola!.

MG – Incluso parece necesario hoy que exista una persona así dentro de este contexto para que la cosa estalle por algún lado…

JCM – Totalmente absorbida por el contexto.

MG – El estigma de las vanguardias, perseguidas o absorbidas…

JCM – Bueno, lo que había pasado ya con los hippies; marginalidades que fueron absorbidas rápidamente.

MG – Cuando se encaró esta publicación, ¿se plantearon algunos lineamientos básicos o fué simplemente dejarlos hacer?.

JCM – Te soy franco, no hubo lineamientos básicos. Luis en ese sentido era bastante piola; ya “Adán” funcionaba de esa manera. Los que llamábamos “asesores de la dirección” nos reuníamos (que eran reuniones exhaustivas) hasta las 2 de la mañana, de esa manera, creativamente, aportando ideas, discutiendo, todo esto se hacía.
Luis, a quien yo había conocido cuando era redactor de “Primera Plana” terminando el período de Timmerman, se acercó a mi escritorio un día, cuando el estaba por irse (y yo también) y me dijo “que pensás de mi”, “que sos un hijo de puta” le contesté, “entonces vení a comer a mi casa” me respondió. Y así empezó nuestra amistad. Debido a la franqueza con la que le contesté.

MG – En el circuito cultural estaba enraizado ya el psicoanálisis como una forma de vida, incluso fué la semilla de Buenos Aires como una de las capitales mundiales del psicoanálisis…

JCM – Es que lo fué. Fijate que las obras completas de Freud se publicaron en la Argentina muchísimo antes que en Francia.

MG – Incluso la división con los “lacanianos” es más violenta aquí que en otros países…

JCM – Sí, incluso más que en Francia… y la división entre los lacanianos también. De aquí surge la famosa “lacanoamericana”. Digamos que en aquel tiempo había personajes muy deliciosos, con una amplitud cultural muy grande.

MG – Siempre tuve la sensación, más allá de las idas y vueltas políticas, que Buenos Aires en los ’60s era “inocente”, que tenía una mirada de niño ante los acontecimientos, y que esto terminaría definitivamente en 1973…

JCM – Protestábamos contra todas las dictaduras, sin saber lo que vendría después, la dictadura del “proceso”. Eran nada. Me acuerdo haber salido en los diarios protestando contra la dictadura de Lanusse (risas). Eramos inocentes…

MG – Cuando decía lo de la mirada de niño, me refería a una mirada de asombro, abierta, pero a la vez pícara…

JCM – Yo estaba en el partido Comunista. Fundo el MAR (Movimiento de Afirmación Reformista) en la universidad, pero ¿por qué hacíamos esto?. Muy simple, las humanistas (que eran chicas muy paquetas en aquella época) tenían que volver a su casa a las 9 de la noche y nosotros hacíamos durar las asambleas hasta las 11 de la noche, y ahí ¡votábamos lo que se nos daba la gana!. En la facultad éramos cinco tipos y trecientas cincuenta mujeres. Hasta en el Partido Comunista; de pronto entraba Manolo Mora y Araujo entre otros, ahí en la calle Entre Ríos y leíamos poesía de vanguardia mientras se tocaba música dodecafónica (risas).

MG – Situaciones casi Dadá…

JCM – Eran Dadá. Yo me acuerdo cuando entré al partido (yo entré por el partido, no por la juventud que era bastante plomazo) leíamos todo lo que nos mandaban ¡pero sólo la parte de cultura, porque el resto era imposible!. En un comité en el centro me recibió el secretario y me dice “bueno compañero, sabe, yo pensé que en esta salita podríamos poner la revista “El Hogar”, “Para Ti”, “Vosotras”, para que las señoras del barrio vengan y lean”…

MG – La única forma de acercarlas al partido.

JCM – Era una época muy loca, donde no teníamos efectivamente una conciencia muy clara de lo que estaba sucediendo política y económicamente en el país.

MG – Con influencias francesas. Pienso que estableciendo una vinculación muy fuerte con muchas de las ideas que explotarían en el mayo francés. “La imaginación al poder” era una postura que ya estaba presente en toda la actividad cultural de Buenos Aires…

JCM – Nunca lo había pensado así. Es cierto, como un mayo francés más largo. No se me había ocurrido, me asombra tu idea.

MG – Si hoy intentáramos editar “Los Cuadernos…” ¿los costos de producción serían el único problema?

JCM – No, aunque a valores actuales la revista rondaría los $80. Le sumaría además los problemas de distribución a los que se enfrenta toda producción cultural y la falta de apoyo publicitario que hoy tendría. En ese momento teníamos a Hachette, que era una editora importante, ocupándose de la distribución.

MG – Y también había un mercado más permeable…

JCM – Absolutamente. Mucho más interesado en este tipo de manifestaciones culturales.

MG – ¿Podríamos decir que “Los cuadernos…” representaban el espíritu de la época?

JCM – Creo que sí. Totalmente. Porque es tan azaroso como eran nuestros encuentros, nuestros intercambios. ¿A quién no le interesaba Bergman?, se había descubierto en la Argentina; la historieta empezaba a ser valorizada, los juegos de guerra no habían empezado (este era un anticipo bastante anterior), estos juegos con la plástica se podían hacer (no se si ahora un plástico aceptaría hacerlos). Polesello ya había pintado para “Adán”, no tenía problemas Rogelio, pero no sé si alguien se atrvería… Deira, con una introducción de el mismo, el mismo Le Parc…

MG – Es importante, porque muestra que el arte estaba metido en una capa importante de la sociedad porteña, formaba parte del núcleo cultural de Buenos Aires…

JCM – Esto se daba naturalmente. No era un problema pedirle a De la Vega, a Deira… no lo hacían por dinero; cobrábamos Horacio y yo. No creo que nadie haya cobrado en esta revista: se sabía, no era cuestión de pagar. Estábamos haciendo otro juego divertido. No teníamos pretensiones de hacer algo solemne con la cultura. Que para los antiguos, el esquema cultural de la Nación, lo era y sigue siéndolo ahora.
Hace poco fuí a ver la muestra de Alejandro Magno en el Museo de Arte Decorativo (excelente, muy bien armada), y me di cuenta que los tipos estaban de traje y corbata, y las mujeres vestidas como si fueran a un cóctel ¡iban a “la cultura”!. Se habían vestido porque iban a la exposición de Alejandro Magno…

MG – A ver si se aparece Alejandro…

JCM – ¡Y yo mal vestido! (risas). Una observación casual, pero a eso me estaba refiriendo. De pronto presentar un libro se convierte en algo… mi primera novela, que se llamaba “Persona pálida”, la presenté en la boite de un seudo primo mío, Hoarcio Martelli, que se llamaba “La boite de la Bossa Nova”, con un audiovisual que eran todas mujeres desnudas, mientras tomábamos de lo lindo, muy divertido… (risas)

MG – Hoy son casi una conferencia de prensa…

JCM – Ponen a tres tipos hablando del libro y una actriz que lee fragmentos del libro. ¡No funciona!.

MG – Hoy el arte se ha alejado de la gente común…

JCM – Y no del pueblo, sino de la burguesía misma.

MG – Que siempre fue sostén del arte…

JCM – Aunque sea por snobismo. Vos agarrás “Marie Claire” o cualquier revista europea, por más frívola que sea, y encontrás dos páginas con críticas de libros, el libro está ahí. Agarrá acá una revista cualquiera…

MG – Sólo Best Sellers y libros de autoayuda. Uno no pretende que “Para Ti” hable de “La República”, pero…

JCM – Y después se quejan de que no se vende. ¡Si el libro no existe!. Es cierto que hay una teleadicción feroz. Hay falta de respeto al libro y al autor, que es un punto bastante argentino. Yo me asombré cuando llegué por primera vez a Lima (viví allí cuatro años) y me presentaban al poeta fulano, al poeta zutano… “Poeta” era un título, como “Doctor” (aquí la cosa corre por la academia); había buenos y malos poetas. Además todos los poetas alquilaban, pagando una pequeña suma, una casita, en donde ibas a quedarte. Y almorzabas en la casa de cada uno por turnos, una cosa deliciosa…

MG – Este respeto por el escritor se da en casi toda América Latina…

JCM – Te diría que la feria del libro de Bogotá es casi más importante que la de Buenos Aires ya, y que además se lee mucho más en Colombia que en Argentina. Tal vez el fenómeno de García Márquez como héroe nacional, fué un fenómeno de arrastre. Nosotros que éramos los más lectores de latinoamérica, nos hemos convertido (un poco como vos decías) en públicos cerrados que leen sólo lo de un sector, con un empobrecimiento notable.
Además de otros elementos. Las editoriales no entienden que la tapa del libro es importante para vender, y que hay que llamar a un diseñador para que la realice, interpretando el sentido que el autor le da a la obra.

MG – El problema muchas veces es el brief. Se le da al diseñador un resumen del tipo “Hamlet era un príncipe que enloqueció y llevaba una calavera en la mano, al que de vez en cuanto le aparecía el fantasma del padre”…

JCM – Claro… Y también se está volcando para el otro lado, ha venido una generación de diseñadores que manejan todo. Me comentaba Marcelo Pichón Riviere, del suplemento cultural de “Clarín” que vinieron seis diseñadores colombianos que dejaron el modelo de páginas y no te dejan tocar nada. El diseñador debe decidir, pero no desde una posición de tal firmeza que no permita el aporte del resto de la gente involucrada. Yo creo que es muy importante un diálogo fluído entre el diseñador y el periodista o escritor.

MG – Ser abiertos a una relación interdisciplinaria.

JCM – Claro. Si vos agarrás y cortás un texto porque te sobra en la página, es una actitud imposible. Primero debe aclarar con que espacio cuenta, para poder escribir dentro de esos parámetros.

MG – Como en los diarios…

JCM – Y te sirve… porque además aprendés a escribir. Es muy importante. Yo ya no mido las líneas, es automático.

MG – Pero ese individualismo exacerbado es general. Creo que tiene que ver con una sociedad en la que el instinto de supervivencia rige casi como la única forma de vida, por lo que no se habla de solidaridad, de diálogo…

JCM – Tenés razón. Tiene que ver con el manejo de áreas de poder. Y además con querer tener siempre razón…

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2 Respuestas a “Cuadernos de Mr. Crusoe: Viernes tenía razón…

  1. Exiquisito texto Marcelo. Lo que aquí leo hace más grande mi intensión de llevar “la imaginación” a la vida diaria, mas allá de una marca, para que por fin podamos compartir nuestra vida y no solo nuestras miserias. Gracias Marcelo, un texto inspirador.

    • Gracias Carlos! Es una entrevista que recuperé del arcón de los recuerdos 🙂 Un personaje sumamente interesante, un escritor premiado y un testigo de una época gloriosa de la cultura argentina. Abrazo!

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