Oir no es escuchar, y leer no es comprender

Hace algunos unos días intercambiaba correos con un cliente. En una de sus respuestas me llamó la atención que me preguntaba algo cuya respuesta estaba claramente escrita en el correo anterior que le había enviado, en párrafo destacado, y que figuraba inmediatamente al pie del correo que él mismo me había enviado.

MAIL

Con toda la elegancia de la que fui capaz de responder -no se trata de perder un cliente por una mala interpretación de lo que pudiera decirle- le escribí:

_ Estimado XXXX, tal vez no lo haya notado, pero he respondido a su inquietud en el primer párrafo de mi correo anterior.

_ Ahora que me lo haces notar, acabo de verlo, muchas gracias -me respondió-

Lo más curioso es que no se trata de un hecho aislado. Lo que habitualmente sucedía en conversaciones cara a cara, este fenómeno también se ha trasladado a formas de comunicación escrita, una forma de comunicación cuyo registro concreto es más evidente que el de las palabras habladas que el viento -dicen- se lleva.

Me pregunté entonces si la dinámica de los tiempos digitales, en los que la inmediatez se ha convertido en norma, nos ha llevado a un ejercicio reactivo de la comunicación dejando de lado la reflexión y consecuentemente la comprensión de los mensajes.

¿Escuchamos lo que nos dicen o lo que queremos escuchar? Al leer un texto ¿pesa más nuestra interpretación o el contenido real?

La diferencia entre escuchar y oír puede ayudarnos a entender un poco mejor de qué se trata esta nueva patología social. Escuchar tiene que ver con la intención manifiesta de capturar la información recibida para comprender la esencia del mensaje que se nos transmite, es decir que tiene una finalidad específica. Oír es un hecho físico, es la captura del sonido de modo no intencionado e independiente de nuestra voluntad y cuya decodificación no supera la barrera de la captación de ese sonido.

Creo que somos una sociedad que oye, pero que no escucha. Y una sociedad que lee, pero que no comprende. Por lo que también somos una sociedad que comparte, pero muy lejos está de ser empática.

No me refiero aquí a personas que tienen problemas de comprensión por algún motivo físico o por fallas en su formación, lo que las justificaría en sus carencias. Mi cliente es una persona académicamente formada que desarrolla una reconocida actividad profesional, en un puesto de alta dirección.

Esto es obviamente grave para cualquier sociedad, como también lo es en el terreno profesional: decimos que escuchamos, pero sólo oímos. Sólo prestamos atención al ruido para poder colar, en cuanto el silencio funcione como señal, la enunciación de lo que queremos decir desde nuestra posición. Así se produce la farsa del diálogo, convirtiéndola en dos monólogos que comparten un mismo espacio / tiempo (en el mejor de los casos). Intercambiamos ruido sin ningún sentido, para mantener la ilusión de que estamos conectados a través del diálogo.

Pero nada es definitivo. Se trata simplemente de recuperar las conversaciones con sentido y de tomarnos el tiempo necesario para tratar de comprender aquello que escibimos y nos escriben. Escapar de la dinámica de lo instantáneo para consolidar la medida humana del tiempo.

Así conseguiremos que la vieja frase “me hago responsable de lo que digo, no de lo que tú interpretas” pierda un poco de vigencia.

Y que los tiempos digitales sean, finalmente, los de las personas.

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